Madre mía, quien vió este camino y el que hoy, asombrada termino, con alegria-melancolia, contemplo, el camino por donde solía tirarme sin frenos en bicicleta, el de la balsa, sobre todo, el del paseo con el ser amado. Con aquellas moras, rojas, los pedregales, el fluir de la acequia, también, por ahí, me ponía bajo de un árbol a leer, sentir la armonia del murmullo el agua, con mi libro en la mano, cuantas veces ensimismada, quedaba, pensando que sería de nosotros en el mañana, un mañana, que llegó, ... (ver texto completo)