En el centro de rescate de Mae Taeng, al norte de Tailandia, había un mono llamado Choko.
Lo encontraron encadenado en un
mercado callejero, con los ojos tristes y la espalda encorvada, como si la libertad hubiera sido para él una palabra vacía desde que nació.
Cuando lo liberaron, esperaban que corriera hacia los
árboles. Pero no lo hizo.
Se quedó quieto. Observaba todo. Como si el mundo, sin barrotes, le pareciera demasiado grande para confiar.
Los voluntarios lo alimentaban, le hablaban con
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