Cuando nació, nadie pensó que algo anduviera mal. Tenía los dedos como ramitas de
almendro y la sonrisa de su madre. Pero a los pocos meses, empezaron las dudas. No seguía las luces, no alzaba los brazos hacia los juguetes. A los dos años, los médicos confirmaron lo que ya intuían: Amira era ciega de nacimiento.
Su madre, Leïla, no lloró en la consulta. Lloró esa
noche, sola, cuando pensó en el mundo de su hija sin dibujos, sin
colores, sin atardeceres.
— ¿Cómo le explico qué es el azul?
Pero
... (ver texto completo)