Había una vez un niño llamado Tomás.
Tomás era inteligente, divertido y lleno de ideas...
pero había algo que siempre le costaba:
ser ordenado.
Su mochila era un lío.
Su cuarto parecía un tornado de juguetes y ropa.
Sus tareas siempre estaban arrugadas, perdidas, o escondidas entre sus cosas.
Cada vez que necesitaba algo, no lo encontraba.
Cada vez que quería hacer algo rápido, tardaba mucho buscando.
Y eso lo hacía sentir cansado, enojado y frustrado.
Un día, perdió un cuaderno muy importante.
Era el cuaderno donde había escrito un cuento para un concurso.
Buscó por todas partes: debajo de la cama, entre los juguetes, detrás de las sillas...
pero el cuaderno no aparecía.
Con lágrimas en los ojos, le dijo a su mamá:
—He perdido mi cuento.
Su mamá lo miró con cariño y le dijo:
—Eso te pasa, hijo, por ser tan desordenado.
Y luego, sonriendo, agregó:
—El orden no es solo para que todo se vea bonito.
Es para que tus sueños no se pierdan entre el desorden.
Recuerda siempre: cada cosa en su sitio, y un sitio para cada cosa.
Ese día, Tomás decidió cambiar.
Empezó a guardar sus lápices en su caja.
Sus libros en su estante.
Sus juguetes en sus cajas.
Y algo mágico pasó:
Encontraba todo rápido.
Terminaba sus tareas mejor.
Tenía más tiempo para jugar.
Y se sentía tranquilo y feliz.
Con el tiempo, Tomás ganó concursos, armó proyectos, creó cosas nuevas...
porque su mente estaba igual que su cuarto:
en orden.
Ser ordenado no solo te ayuda a encontrar tus cosas...
te ayuda a encontrar tus sueños más rápido.
Cuando todo está en su lugar, tu vida también encuentra su mejor camino.
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