Había una niña que pasaba todas las tardes sentada junto al
río.
No tenía móvil, ni mochila, ni
amigos cerca. Solo una libreta pequeña, con la tapa arrugada y las
esquinas comidas por la humedad.
Cada día, exactamente a las cinco, aparecía en el mismo banco de
piedra. Miraba el
agua durante un rato, escribía algo, y luego se marchaba antes del
anochecer.
Al principio, nadie prestaba atención.
Hasta que una tarde de abril, Sandro, un jubilado que solía alimentar a los patos a esa hora, se sentó
... (ver texto completo)