Después de tantas aventuras extrañas, Gobolino era feliz. Tenía un hogar para siempre. Por fin conseguía ser ¡el gato faldero! -Entonces ¿nos lo podemos quedar?
-No veo por qué no. Los niños se fueron a dormir, más contentos que nunca. La mujer del granjero le puso a Gobolino un platillo de natillas y más tarde lo dejó dormitar sobre su regazo. Mira, papá -gritaron desde la puerta- ¡Mira lo que encontramos ahogándose en el río! Es otra vez ese gatito de bruja.
-Los gatos de bruja saben nadar, no se ahogan -respondió el padre.
Tomó a Gobolino entre sus manos y lo miró un buen rato.
-Este no es un gato de bruja -afirmó finalmente- Es un gatito faldero común y corriente. -ÍAy, me ahogo, me ahogo! -gritaba desesperadamente.
Cuando era un gatito embrujado podía nadar como un pez. Pero ahora apenas podía mantenerse a flote. Por suerte había unos niños jugando en la orilla.
- ¡Mira, mira! ¡Es un gatito! ¡Rápido! ¡Saquémoslo de ahí!
-Los niños corrieron a por una rama y le pescaron, calado hasta los huesos.
-Pero si es Gobolino, el mismo gatito que rescatamos hace muchísimo tiempo. ¿Aún sabes sacar chispitas por el hocico? ¿Y hacerte invisible?
... Oh, Salima, gracias por salvarme -sollozó Gobolino-. De veras, ¡gracias!
-No hay nada que agradecer -respondió Salima- Después de todo eres mi hermano. Pero eres una desgracia para la familia, y no quiero volver a verte. Te dejaré caer, ya es tiempo de que yo vuelva a casa. Vamos ¡salta!
Salima le dio un empujoncito con la pata y Gobolino cayó dando vueltas por el aire hasta que fue a dar al fondo de un río.